Zapatos cómodos

“Al ampliar el campo del conocimiento no hacemos sino aumentar el horizonte de la ignorancia”; Henry Miller (1891-1980), escritor estadounidense.

      La recomendación de invertir en calzado de calidad, además del mejor colchón, pues siempre estaremos sobre alguno de ellos se convirtió en el mejor eslogan para las firmas implicadas por su aplastante lógica. Atribuida a George J. Cleverley (1898-1991), uno de los mejores zapateros del Reino Unido, se trata de un razonamiento tan acertado que es compartido por todos aquellos que nos vestimos los pies.

      Ninguno de sendos artículos -zapatos o somier- han de ser blandos, pues iría en detrimento de la salud incluso de la comodidad a la larga. Pruebe sino a dormir sobre una hamaca durante toda una noche. Respecto a andar cómodos… nada como caminar descalzos. Lo que a un zapato se le debe exigir es estabilidad y protección, además de belleza.

      El confort en los pies tampoco significa calzarse con unos zapatos vaporosos, sino que el calzado nos proporcione el debido resguardado.
Con mi última adquisición de “los potrillos de” Carmina, que diría Williams Gallardo, estoy experimentando como se van asentando a mí y me voy haciendo con ellos paso a paso. Cuando probamos por primera vez unos zapatos, estos deben ajustarse al pie sin apretar, ni hacer daño, pero ciñéndose para que según se vayan dando se adapten al contorno de nuestro pie y se conviertan en una segunda piel.

      El zapato cómodo se adapta. No me fío de aquellos que el primer día son holgados. Siempre serán más dóciles una vez habituados a ellos, y por este motivo durante los primeros días conviene utilizarlos solo durante unas pocas horas. No toda la jornada completa. Luego, de manera paulatina, por espacio de una tarde o una mañana… para poco a poco hacerse completamente con ellos. De lo contrario puede suceder que acaben con nuestros pies, y paciencia, antes de tomarles la medida.

      Un zapato de piel nunca resulta tan cómodo como una zapatilla de tenis. Tampoco nos protege, ni viste, de igual manera. Cada calzado es para lo que es.

      Mi experiencia con los zapatos más blandos, aquellos de Carlos Santos, no significaron terminar siendo los más confortables.

      Así como no es recomendable usar el mismo dos días seguidos, tampoco lo es olvidarse de ellos durante meses. El uso los engrasa, y aparte de con los productos de limpieza, con el calor y nuestra transpiración corporal los mantienen a punto.

      Siempre agradecen descansar en sus hormas de madera, pulida que no barnizada, o cuando menos alojando en su interior algunas hojas de papel cebolla, periódicos o similar pues ayudan a absorber la humedad. Debemos asegurarnos que la hayan desprendido en su totalidad antes de volverlos a utilizar de nuevo para no deformarlos.

      Que los zapatos estén acompañados por un calcetín adecuado siempre ayuda.

      En cuanto a la limpieza, como casi siempre vamos con más urgencias cuando nos los ponemos que a la hora de cambiarlos por las zapatillas para permanecer en casa prefiero limpiarlos -relajadamente- cuando me los quito antes de devolverlos a sus cajas de cartón.

      Un zapato de calidad también se cultiva.

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado

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