Trump; Donald Trump.

“La peor arrogancia es aquella producto de la ignorancia”; Jim Rohn (1930-2009), empresario estadounidense.

      Al recién estrenado presidente de los Estados Unidos de América la ropa le viene como el cargo. Grande. El desproporcionado largo de su corbata, así como la desmesura en la talla en sus trajes evidencian una personalidad complicada de hacer entrar en razón.

      En el debe de Trump está que estas prendas el norteamericano medio las suele vestir amplias. Aunque no tanto. Los ciudadanos de Norteamérica no visten tan entallados como los italianos, aunque existan honrosas excepciones. Sin ir más lejos el anterior inquilino de la Casa Blanca. Barack Obama. Pero lo que ya no tiene ninguna disculpa son los tejidos que utiliza el neoyorquino para trajes y corbatas. Tan satinados y arrugados que deslucen.

      Casi nunca se abotona la chaqueta, y eso tampoco tiene pase. Menos aún cuando la situación es tan formal como la de su juramento como presidente en el Capitolio.

      De carácter soberbio e intimatorio, el magnate de las comunicaciones muestra una imagen simplona con una incapacidad manifiesta para variar. Como sí de su política sobre inmigración se tratara.

      La presencia de Donald Trump es unívocamente de nuevo rico, y demuestra con su ejemplo que la elegancia no se puede comprar por más dinero que uno disponga. Todos sabemos que es una cuestión de educación y esfuerzo que requiere también de cierta dosis de humildad. La imprescindible para saber reconocer los fallos propios.

      Esta imagen no está implícita en su posición, puesto que en la elección de los recientes presidentes de los estadounidenses hubo algunos ejemplos de estilo razonable como el mencionado de Obama, el fresco de JFK o el tradicional de Ronald Reagan.

      Donald John Trump, por su puesto, se ha ganado viajar en un avión con la última tecnología disponible – el Air Force One– o en un Cadillac blindado antimisiles. ¿Cómo se explica que sea incapaz de mantener su traje con unos niveles mínimos?.

      Lo menos malo son sus zapatos de cordones negros, aunque sus sempiternos calcetines a juego seguro que son otro imposible.

      Me sorprendió haberle visto utilizar en alguna ocasión un pocket square en el bolsillo de su chaqueta. Igual haya esperanza después de todo, porque podría estar en un punto digno con ligeros matices.

      El matiz de la talla, el matiz del brillo de la tela, el matiz en su peinado, el matiz de la longitud de su corbata, el matiz de… todo. Porque todo está en los matices.

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado
Foto portada Archivo EFE

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