Tenerife, una isla afortunada

¿Qué valor tiene toda la cultura cuando la experiencia no nos conecta con ella?; Walter Benjamin, filósofo alemán (1892-1940).

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      No siempre escribe uno los artículos que quiere, sino los que puede o debe. En otras oportunidades, como viajar a la isla de Tenerife de vacaciones, compartir la experiencia se convierte en un segundo placer tras disfrutar de ella.

      Hace quince años que visité esta isla canaria por última vez y ya me advirtió Daniel, chófer de la guagua que me recogió para tomar el coche de alquiler, recién aterrizado en el Aeropuerto del Norte (Los Rodeos): “no la va a reconocer”. Cierto. El Teide, majestuoso, sigue visible desde multitud de puntos de la isla, el Drago de Icod de los Vinos suma años a su milenaria historia y Los Gigantes pugnan por no dejarse ocultar tras las edificaciones. El resto; está más nuevo, más cuidado; o ambas cosas a la vez.

      La Virgen de la Candelaria -en su basílica neoclásica- acoge a propios y extraños. Se hace visita obligada al llegar y partir, siguiendo las normas de educación que marcan saludar al patrón (o patrona) de una casa cuando se llega y abandona. Compensa con creces verla custodiada por los Reyes Guanches.

      El Parque Natural de las Cañadas del Teide resulta un museo geológico al aire libre. Un paisaje extraterrestre por el que me aseguraron los tinerfeños que se empezará a cobrar por circular en breve, como se hace en Las Pirámides de Güímar. El turismo no debería convertirse en la historia de la gallina que produce huevos de oro en un territorio que recibe cinco veces su población cada año.

      Entre las playas de Las Américas y Los Cristianos se concentran hordas de turistas. Epicentro de viajeros llegados de todo el mundo que dejan el peor vestigio de su paso en los despojos arrojados al suelo sin el menor remordimiento en esta maravillosa isla. Por fortuna resisten arenales paradisiacos para disfrutar que aún no han sucumbido, aunque pronto lo harán, como las playas del Medano y la Tejita separadas por la Punta Roja. Con suerte, los insobornables elementos naturales complican esta conquista.

      Las calas del Lago de Abama y la Punta de Alcalá, se postulan como inevitables citas para los amantes a las jornadas playeras.

      En el interior otros mares -los de plataneras- cubren buena parte de la isla. El verde también predomina en los bosque del Valle de la Orotava con su exuberante vegetación o en el Barranco del Infierno con miradores espeluznantes.

      Descubrí que esta isla de micro climas se formó emergiendo, partiéndose por la mitad y subsidiendo en el Océano Atlántico, para que con la aparición posterior del volcán se perfilara durante millones de años. Nada de auténtico valor se consigue de la mañana a la noche.

      Todo en Tenerife está a mano. Representa de forma casi literal una Península Ibérica a escala. No le falta de nada, y abunda la belleza. Conviven construcciones vanguardistas como el Auditorio de Santa Cruz de Tenerife “Adan Martín” (2003) con otras pasadas como el Lago Martianez (1977) en Puerto de la Cruz demostrando que si las edificaciones tienen gusto resisten al paso de las generaciones.

      Los viajes tienen dos partes. La primera es real y limitada, cuando se preparan y disfrutan, en la posterior nos permiten revivirlas de manera indefinida -cuál novela- cuantas veces deseemos.

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado
Fotografía Ignacio Formoso

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