Stephen Hawking

“La inteligencia es la habilidad para adaptarse a los cambios”, Stephen Hawking (1942-2018), científico inglés.

      Solo existe una riqueza: el conocimiento; solo una fuerza capaz de cambiar el mundo: la mental. Mientras algunas personas apenas que adolecen una lumbalgia o un catarro sucumben a la pasividad, otras son referencias a pesar de sufrir terribles dificultades.

      Stephen William Hawking fue diagnosticado de ELA a los 21 años y acaba de morir en el día de Pi (3,14). Misma fecha en la que desapareció el genio del que tomó testigo, Albert Einstein (1879-1955), y había nacido 300 años -justos- antes de fallecer Galileo Galilei (1564-1642). También son coincidencias para el caos que impera en el Cosmos al cual dedicó su vida.

      De la personalidad de este catedrático de Cambridge impresiona la severa atrofia que sufrió su cuerpo debido la enfermedad neuronal que le inhibió de movimientos con una brutal cadencia desde su juventud. Dos años le vaticinaron entonces de vida para su lúcida cabeza. En 1985 sufre una nueva grave dolencia que casi acaba con él definitivamente y que le dejará, además, sin voz para comunicarse. Acabó sus días sin apenas mover más que un músculo de su mejilla pero no por ello dejó de viajar a la estratosfera o al Polo Sur. Eso es apurar una existencia.

      Científico erudito, existirá un antes y un después de su legado. Contradijo la Teoría de los agujeros negros afirmando que “algo” puede escapar a su gravitación, unificó las dos leyes fundamentales de la física (la cuántica y la de la relatividad) y encontró un razonamiento lógico para la existencia anterior al Big Bang: la nada.

      Su ilusión por el conocimiento y las ganas de vivir, “no le tengo miedo a la muerte, pero no tengo prisa en morir. Tengo tantas cosas que quiero hacer antes”, le llevaron a ser el divulgador científico más relevante de nuestro tiempo.

      Dispuso, además, de un sentido del humor inquebrantable. “Me he dado cuenta que incluso las personas que dicen que todo está predestinado y que no podemos hacer nada para cambiar nuestro destino, siguen mirando a ambos lados antes de cruzar la calle”. Y una humanidad propia del creyente que nunca fue afirmando que solo merece la pena estudiar el espacio por los seres queridos que lo ocupan.

      Recibió numerosos premios entre ellos el Principe de Asturias, aunque no así el Nobel (lo cual avala al primero y no prestigia el sueco). Aunque declinó el nombramiento de Sir a su graciosa majestad Isabel II por no estar de acuerdo con su valores asociados y la política de no subvencionar la ciencia como entendía necesaria. Temperamento, tampoco le falto al genio británico.

      Defiende en su obra la precisión en los conocimientos porque -literalmente- uno no puede discutir una formula matemática.

      No deja de ser curioso que Stephen Hawking coincida en tanto con Albert Einstein. Precisamente alude a que “los humanos somos una especia muy curiosa”, de similar manera a la que el científico bávaro: “lo importante es no dejar nunca de hacerse preguntas. No perder nunca la bendita curiosidad”.

      También les une el interés de acercar la ciencia al publico en general. “Si descubrimos una teoría completa, con el tiempo habrá de ser, en sus líneas maestras, comprensible para todos y no únicamente para unos pocos científicos”, concluye Stephen tomando el ejemplo de su colega europeo “si lo que sabes no lo puedes explicar sencillamente, es que no lo has entendido del todo”.

      Ambos disponen del mismo estilo en sus razonamientos: “si algo se puede explicar, hazlo con sencillez y déjale la elegancia al sastre” aseveró el judío alemán. “La simplicidad es una cuestión de gusto”, acabaría afirmando Hawking.

      La película biográfica La Teoría del Todo (2014) es un ejemplo del vestuario de la moda clásica. El profesor Hawking estudió en el epicentro y época de esplendor de la elegancia que llega a nuestros días e hizo gala de fracs, tweeds, pajaritas, jerséis de tenis, tirantes, … Sirva desde aquí, también por ello, nuestro homenaje. DEP.

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado