Sinónimos de elegancia

“Cuanto más alto coloque el hombre su meta, tanto más crecerá”; Friedrich Schiller (1759-1805), dramaturgo alemán.

      Elegancia es el atributo de algo excepcional. Algunos asocian esta cualidad a la sencillez, otros en cambio la confunden con la ostentación; y la mayoría entiende que es algo ajeno a ellos o propio de personas superficiales.

      Cuando hablamos de elegancia, nos estamos refiriendo a un estándar de gusto refinado que se aplica sobre cualquier faceta de la vida. Humana o no. Un sofá, una sonrisa o cualquier otro amable ademán, un felino, una melodía, unos zapatos, una orquídea, … incluso a una determinada forma de golpear a la pelota de tenis o bola de golf se puede calificar como elegante.

      Existen estudios -basados en las publicaciones impresas a lo largo de los últimos cinco siglos- que confirman que este término tuvo su mayor protagonismo en los años 1621 y 1781. Y que actualmente su significación apenas alcanza el 30 % de entonces, a pesar del exponencial crecimiento de escritos desde el siglo XVIII.

      En su imagen externa, algunos hombres realizan denodados esfuerzos por presentarse “elegantes”. Cuellos de las camisas por fuera de las chaquetas, ojales bordados con diferente hilo o muñecas repletas de pulseras tratan de hacer méritos obviando que la elegancia nunca se alcanza (y menos así). Ni siquiera se busca, porque solo se puede cultivar sin legitimidad para aguardar cosecha.

      El diablo no tiene gustos pequeños. Se reserva los mejores.

      La elegancia es sinónimo de sencillez. De discreción. Es moderación. Se trata de una manera sutil de proceder, equilibrada y siempre con naturalidad.

      Repaso constantemente fotos de Fred Astaire (Gary Cooper, Cary Grant, etcétera. Eran otros tiempos. Ya; como los nuestros) y me pregunto si se puede tener más clase. Mi respuesta es: difícil y complicado.

      El bailarín, grácil cual gacela, aun cuando ensayaba gustaba de lucir una corbata en el cuello y para que no le molestase fijaba sus extremos a la camisa mediante un imperdible. También utilizaba complementos de seda para que no se le cayeran los pantalones, ajustándoselos de manera elástica a la cintura. Declaró que este sistema era lo que mejor le funcionaba pues la rigidez del cuero de un cinto le atenazaba. Sin embargo si alguien pretende parecer elegante poniéndose un alfiler cualquiera o el pañuelo por montera, ya sabemos lo que evidencia.

      Para ser elegante se debe disfrutar de la, mera, consciencia. Formarse en las normas y protocolos tradicionales que desde la Grecia clásica (el kitón de mujer es -solo- un ejemplo) tan buenos réditos nos han proporcionado a las civilizaciones que vinimos después sin anular, nunca, la propia identidad. Actualizarse es, también, de obligado cumplimiento.

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado