Paseando por… Zamora; capital del románico.

“Los hombres olvidan siempre que la felicidad humana es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias”; John Locke (1622- 1704), filósofo inglés.

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      Aprender resulta agradable, descubrir gozoso. Hacía más de veinte años que no visitaba Zamora y siempre había sido de pasada. Lástima. Ahora soy consciente del error que cometí pues la ciudad bañada por el río Duero es la Gran Desconocida.

      A primera hora del día, cuando apunta el alba, la luz dorada y limpia del amanecer otoñal saluda al viajero con una bienvenida llena de paz.

      Zamora es sencilla, diversa, limpia y acogedora. Zamora se mira orgullosa y elevada en el río manso que le dio la vida para verse siempre bella. El Duero transita tranquilo a su paso, a pesar de ser el más caudaloso de la península, y guardar honores como servir de frontera natural entre tierra cristiana y mora durante la Edad Media.

      Por el Puente Nuevo, de Piedra o Romano se accede a la ciudad histórica desde la cuidada zona recreativa de Entrepuentes con sus Aceñas (molinos de grano medievales) de Cabañales y Olivares. Llama la atención, aguas abajo, el vestigio de los pilares del Puente Viejo derruido con cuyas piedras se construyeron parte de estos edificios de molienda accionados con energía fluvial.

      En el extremo occidental de su contorno amurallado se sitúa la Zamora clásica. Donde se erige el Castillo cuyo foso evoca una época de leyenda con delicadas princesas en altos torreones protegidas por armados caballeros. Su conservación es encomiable y, entiendo, acertada recuperación utilizando materiales como el vidrio y la madera. Cómo ha lavado su cara España en los últimos 30 años.

      Anexa al Castillo está la Catedral con su característica cúpula escamada. De inspiración francesa porque se le encargó la construcción a arquitectos borgoñones, como advertí en los comentarios de la guía que acompañaba a una excursión de jubilados con la que coincidí delante de su fachada. También les comentaba a los integrantes del grupo del IMSERSO detalles como que fue construida en un tiempo récord para esa época, de apenas tres décadas, en detrimento de obras similares de su tiempo que llevaron siglos.

      Dos veces visité la plaza común al Castillo y la Catedral para disfrutarla. Porque a Zamora no vale con echarla un vistazo, hay que repetir. No es ciudad de paso que invite a marcharse.

      Zamora cuenta con la mayor concentración europea de arte románico. Con más de una veintena de iglesias románicas perfectamente conservadas, cada de las cuales cuenta una historia legendaria. En la iglesia de Santiago de los Caballeros, por ejemplo, se nombró caballero a Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid Campeador. Otras dignas de visitar son: Sª María Magdalena, Santiago del Burgo, San Cipriano, el Carmen de San Isidoro o Sª María la Nueva.

      Callejeando de oeste a este se llega a la plaza del héroe lusitano Viriato. Con una intrincada arboleda y no asfaltada, sino con un piso empedrado, resulta tan bonita como incomoda de caminar.

      La Plaza Mayor sirve de separación entre el casco histórico con la zona modernista, que alcanza hasta el final de la comercial calle Santa Clara. Donde una moderna ciudad del siglo XX se evidencia detrás de la Avda. de Portugal, a través de la cual se cerraba la desaparecida zona amurallada oriental de la ciudad.

      “Zamora no se gana (conquista) en una hora”; le dijo Doña Urraca a su hermano el rey Sancho II de Castilla cuando le trataba de arrebatar la ciudad por no estar de acuerdo con el testamento del padre de ambos, Fernando I de León. Tampoco se recorre en 60 minutos debido a que cada paso es interrumpido por un nuevo monumento que captura la atención del paseante.

      Todo es monumental en la Zamora clásica: la Diputación, el Parador (Palacio de los Condes Alba y Aliste), la Biblioteca Pública, la Audiencia Provincial (Palacio de los Momos), etc. Tanto que contagia a la zona moderna con ejemplos como la Estación de Ferrocarril, de imitación renacentista y fuera ya de las murallas del casco antiguo es una de las más bonitas que recuerdo visitar.

      Pero a toda ciudad, por bella que sea, son sus gentes las que le dan valor. El detalle especial durante mi visita a Zamora de apenas diez horas lo protagonizó Ana Aldeanueva -una seguidora del blog- que se acerco a saludarme porque nos conocía a través de internet. Me comento que sus hijos también nos leían, y me hizo una gran ilusión. Confieso que me había sucedido con anterioridad en Pontevedra, y en Madrid, pero nunca pensé que en una ciudad de apenas medio centenar de miles de habitantes coincidiera con semejante amabilidad.

      Visitamos, además, las dependencias de turismo del Ayuntamiento de Zamora donde el concejal de turismo Christoph Strieder nos recibió e instruyó en los entresijos de los monumentos y su conservación. Tuvimos la oportunidad de entrar hasta los fogones del restaurante de Antonio Gonzalez, El Rincón de Antonio, ocho años poseedor de una estrella Michelin. Conocimos la óptica LUX de Emma Laguna; joven, vital y emprendedora óptica optometrista que es una artesana de los cristales para gafas los cuales adapta al ojo de cada cliente. Y, finalmente, acudimos a conocer la barbería VARON, de Isaac Gutierrez, cuyo carácter amable, sencillo, atento y discreto aglutina el de un pueblo -el zamorense- que ya no se separará de nuestro corazón. De todos ellos daremos cuenta en detalle en el siguiente artículo dedicado a la Zamora comercial.

      Mi vestuario consistía en chaqueta de lana cashmere Sastrería Olego, pantalón de algodón de Gant, camisa de la Sastrería Basanta, zapatos de gamuza de Vass Shoes, corbata de Massimo Dutti, calcetines de Urban y mi sempiterna cartera de mano de Absolute Bretón. Siguiente parada: Valladolid este miércoles.

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado
Fotografía Jose M. Salgado

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