Paseando por el Principado de Asturias

“El amor a la patria es más patente que la razón misma”; Ovidio (43 a. C. – 17 d. C.).

      Hablando de mi tierra soy tan objetivo como una madre primeriza con su recién nacido en brazos, así que recurriré a Woody Allen. El director neoyorquino calificó a la capital de Asturias en 2002 de esta manera: «Oviedo es una ciudad deliciosa, exótica, bella y peatonalizada; es como si no perteneciera a este mundo, como si no existiera… Es como un cuento de hadas».

      Cada vez que visito la tierra que me vio nacer, como durante mis vacaciones de esta pasada Semana Santa, mis sentimientos están a flor de piel. Asturias tiene en su capital una de las ciudades más bellas del mundo, y su conjunto es un Paraíso Natural. Valoración que, sin complejos, firmaría cualquier carbayón.

      La Plaza de la Escandalera se transforma por la noche gracias a una lograda iluminación con el Teatro Campoamor de los nobles premios, ahora, Princesa de Asturias como testigo.

      La calle Uria es señorial, como mis paisanos, y nuestras pastelerías (Ovetus, Peñalba, Rialto o La Mallorquina) se confunden con joyerías para el foráneo. La leal Oviedo vive en la calle.

      En el casco antiguo resulta obligado tomar unos culines escanciados de sidra en los chigres de la plaza de El Fontán. Pasear hasta la Corrada del Obispo para llegar a la Catedral, con su cara recién lavada, desde la Plaza del Paragüas y el Ayuntamiento por la Calle Mon es mi ruta favorita. Lejos quedaron locales genuinos como Las Mestas, el Gato Negro o los Caracoles de mi infancia.

      La Universidad cuenta con su sede en este entorno y la Facultad de Psicología como benemérita residente.

      Las zonas ajardinadas de El Campillín – La Rodriga y el parque de San Francisco son los pulmones de una Vetusta anegada de verde.

      Visitar el Monte Naranco resulta obligado para reparar en la iglesia de San Miguel de Lillo y la residencia de Santa Maria del Naranco. Joyas del prerrománico astur (siglo IX). Así como coronarlo en El Cristo (Monumento al Sagrado Corazón de Jesús) desde el cual disfrutar de unas vistas del valle donde se asienta la Noble Ciudad.

      De La Santina lo resumo fácil. Mi primera hija lleva su nombre. Mi devoción por la Virgen de Covadonga es absoluta, así como mi admiración por el entorno de los Lagos que acogen su Cueva. Epicentro del Parque Nacional de los Picos de Europa en el que nos encontramos.

      Una experiencia única, y épica, es llegar a los Lagos Enol y Ercina a pie o en bicicleta desde el Santuario.

      Pueblos asturianos podemos escoger decenas para visitar, cuando no todos. Tapia de Casariego, Tazones, Ribadesella, Candás, Luarca (la Perla Blanca de la Costa Verde), Puerto de Vega, Viavélez, Llanes, Teverga, Cangas de Onís, Cudillero, Villaviciosa… así como las villas de Navia, Mieres o Aviles (ojo al centro Óscar Niemeyer) son igual de aconsejables.

      En esta oportunidad elegí Lastres por que está haciendo un esfuerzo descomunal en la restauración de sus casas. Tanto como cuesta subir desde su puerto marítimo hasta el mirador de la ermita de San Roque. Pueblo pescador, colgado en la ladera, ha sido oficialmente nombrado como pueblo más bonito de España y ejemplar del Principado.

      Para terminar, y de camino de regreso a casa (Galicia) no puedo dejar de visitar la ciudad de Gijón. Encantadora y abierta al mar cuya rivalidad con la capital es pura anécdota en mi caso particular.

      De niño mi familia me regaló las dos equiparaciones de sus equipos de fútbol. La del Sporting de Quini y la del Real Oviedo de la UEFA cortando de raíz toda polémica, y alentando mi cariño por el global de la tierra origen de La Reconquista.

      El entorno de Cimadevilla es mi rincón favorito.

      Victor Manuel la supo cantar como nadie. Hoy, Fernando Alonso es su embajador por todo el mundo y desde aquí dejo mi granito de arena como constancia del cariño y recuerdo a mi Asturias; Patria Querida.

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado
Fotografía Ignacio Formoso

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