Medidamanía

“Se dice que el tiempo es un gran maestro; lo malo es que va matando a sus discípulos”; Hector Berlioz (1803-1869), compositor francés.

      La elegancia no se mide con metros. Se manifiesta en el conjunto. Tanto en el global como en cada detalle.

      Observo con perplejidad -durante este medio centenar de jornadas ininterrumpidas tras el mostrador- como algunos hombres “se aferran” no ya a los centímetros sino a las divisiones de éste para alcanzar la ansiada “elegancia”.

      ¿Alguien aprecia cinco milímetros -de más o de menos- en la caja de un pantalón o en el largo de una camisa?

      La medida esta para sacar un patrón a un físico en particular. Personalizarlo. No calcarlo. Exactas son las matemáticas, las artes bellas.

      Una camisa rosa casa perfecta con un jersey de pico granate, los pantalones grises y azules van con casi todas las chaquetas (salvo las muy similares) y los zapatos deberían tener siempre un tono más oscuro que el resto del traje. Que el árbol (de la medida) no nos impida ver el bosque (de todo un atuendo).

      Mezclar solo dos ó tres colores -como máximo- dentro de un mismo atuendo, combinar de manera adecuada (trabajar que dicen los sajones) tonalidades similares y utilizar tejidos de un mismo gramaje (lanas con panas o linos con algodones, por ejemplo) denota sabiduría. Poner o quitar milímetros en las costuras de las prendas se asemeja más a una manía.

      La medida está a nuestro servicio, no seamos esclavos de ella.

      Que las prendas hacen arrugas sobre nuestro cuerpo es un hecho, y que con el tiempo siempre aparecen más también. Los arreglos, como el bótox en la piel, las atenúa pero siempre vuelven. Si cabe con mayor saña. Lo importante es que pantalones, camisas, abrigos y chaquetas asienten y mejoren nuestra imperfecta fisonomía. Potenciar, que no plastificar.

      La coherencia entre los ajustes de las diferentes prendas que vestimos resulta indispensable. De modo contrario… ¿cuál desentona?

      Un pantalón debe ajustarse a nuestra cintura, disponer de un largo suficiente que alcance para besar la piel de nuestro calzado y que su boca lo cubra. El hombro de una chaqueta cae a partir del nuestro, su largo cubre nuestras nalgas y el talle da convexidad al torso en nuestra cintura, amén que no molesta en la sisa. La camisa tiene tres medidas “sagradas”: cuello, canesú y largo de manga. El resto de magnitudes, como el ancho de muslos o la rotación de las mangas, son para nota.

      Por otro lado, y como todos compartiremos, no es la misma vara de medir la artesana de miles de euros que la industrial de unos cuantos cientos.

      Cuando más holgada sea una americana, mayores dobleces aparecerán en ella. Por el contrario, a mayor ajuste más riesgo de fruncir y hacer arrugas. Una tela gruesa y tejida con poca tensión ayuda a disimular estos pliegues.

      La medida nunca es perfecta, aunque siempre resulta efectiva porque sirve para “entallar” cada prenda a cada cuerpo.

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado