Los zapatos con cremallera de Churchill

“El problema de nuestra época consiste en que los hombres no quieren ser útiles sino importantes”; Sir Winston Churchill, político inglés (1874-1965).

      Los hombres inteligentes reconocen el poder de toda variable. El vestuario -como faceta dentro de la personalidad- solo es otro punto más para lograr objetivos, mas resultaría imperdonable no utilizarlo en un mundo tan competitivo.

      Sir Winston Churchill no fue ajeno a la importancia de esta herramienta de comunicación, consciente de que podría desequilibrar una ajustada balanza. Genialidad política, carisma popular y una potente imagen caracterizaron al primer ministro que guió a Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial en la victoria contra los nazis.

      El aspecto de uno de los responsable de la derrota en Gallipoli (1915), cuyo resultado marcaría sus posteriores decisiones haciéndole menos impulsivo y más reflexivo, se caracterizaba por sombreros de todo tipo: chistera, bombín, tipo Homburg, etc. de la firma Locke & Co, trajes clásicos de tres piezas, pajaritas y un calzado de la mejor calidad. El reloj Breguet 765 en el bolsillo de su chaleco y los pañuelos en el de su chaqueta junto con un eterno habano en la boca remataban su atuendo.

      El vestuario de este mandatario británico, con un carácter del demonio y una tenacidad fuera de toda duda, nos llega como una icónica imagen. Manual de las buenas maneras por el uso particular de determinadas prendas para cada evento.

      Churchill, premio Nobel de literatura en 1953, fue un gran estadista dotado de vasta cultura y conocimiento en variados temas. También en el del protocolo del armario de un hombre como corresponde a todo caballero.

      El Primer Ministro aprovechaba las líneas del estampado diplomático en sus trajes para disimular su gruesa barriga. Esto sumado a que evitó la corbata y utilizó chalecos, afinó en todo lo posible la cerrada curva de su cintura. No era el peor de sus defectos físicos ni mucho menos, pues la inexistencia de cuello, los hombros caídos y una reducida estatura (167 cm.) hicieron para sus sastres de Savile Row un handicap difícil de batir. Sam Cundey de Henry Poole, abuelo de Simon, fue el principal sufridor de esta fisonomía.

      Su temible genio le valdría para ser confundido como defensor y detractor -al mismo tiempo- de causas como la judía. Este mismo carácter le permitió lucir prendas tan especiales como su famoso siren suit, el voluminoso abrigo Teddy Bear o hasta el batín de seda con que se llegó a presentar -acompañado de slippers rotuladas con sus iniciales- en un alarde de naturalidad como Ministro de Defensa ante un consejo militar.

      El aspecto que más me sorprendió en la película protagonizada por Gary Oldman (El instante más oscuro de 2017) es descubrir unos singulares zapatos con cremallera central. Detalle erudito. Amén de unos sujeta-mangas de cadena metálica elástica para su camisa.

      Por lo demás, el vestuario del león británico reflejado en este film demuestra que siempre elegía un traje apropiado para cada ocasión. Sorprende al comienzo con un frac de pantalones hasta la rodilla, bombachos de gala, en escena. Y lo justifica como “valor” de autoridad en detrimento del uniforme del militar de caballería que era, ante unos generales entre los que se encontraba Eisenhower (además de Jorge VI, también con uniforme castrense) con los que se reunía. Genio y figura.

      Su antiestético cuerpo no fue óbice para que fuera un referente de elegancia en su época, y nos llegue como un ejemplo atemporal de saber vestir.

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado