Los sastres que yo he conocido

“Las cosas no desaparecen, simplemente cambian, y cambian, y cambian de nuevo”; Jim Henson (1936-1990), productor de televisión estadounidense.

      Viviendo y aprendiendo. Hace poco más de cinco años desconocía que la profesión de sastre se ejerciera en nuestro país más allá del ajuste en los bajos de un pantalón. Suponía, a la sastrería, un oficio extinguido o solo para pequeños arreglos. Si la descubrí fue gracias a buscar la excelencia en nuestra imagen. La que crean artistas.

      Durante los últimos cuatro años he ido descubriendo un oficio ancestral del que disfruto de su experiencia tanto como del producto acabado. El valor de una prenda enteramente artesanal es asimilable a la de un cuadro pintado al óleo. Para toda la vida.

      La sastrería dispone de una clientela minoritaria, aunque con un seguimiento extraordinario como todo objeto de deseo único y la máxima calidad.

      Cuando me colegie hace más de 20 años, hacia el número 14.836 de los ingenieros técnicos de minas en España, y no es -precisamente- una profesión que abunde. Todo lo contrario. Arquitectos, abogados, médicos, y otras titulaciones académicas cuentan entre sus colegiados con un número mucho mayor de afiliados.

      El número de sastres en España es testimonial. Desconozco el listado oficial del Club de Sastres pero por lo que he investigado no superan, ni de lejos, el medio centenar. Mientras que las titulaciones universitarias son multitudinarias, los artesanos -pintores, zapateros o sastres- sino se convierten en eruditos desaparecen. Camino hay, aunque siempre sea inescrutable.

      La profesión de sastre, hoy, no tiene relevo natural. Algo que me asombra por la cantidad de destrucción de empleo que existe en plena era tecnológica, y a pesar de ser una profesión con gran recorrido en la industria moderna. Puesto que los sastres son necesarios para la elaboración del patrón original que cualquier prenda de confección industrial requiere. Otra cuestión es defenderse como autónomo.

      Tampoco surgen escuelas, ni titulaciones en la formación profesional. Lamentable.

      Como siempre he tenido devoción por las personas mayores. Seguramente porque entiendo que la vida es la mejor escuela, y que cuanta más vida pongamos a nuestros años más sabios seremos. Empiezo enumerando a los mayores.

Sastres veteranos.

Jaime Gallo. Sastrería GALLO. Madrid.
El sastre más grande de cuantos ha tenido España, con un corazón a la altura de su obra. Para mí un auténtico genio.

Antonio Puebla. Sastrería PUEBLA. Valencia.
Estilo prodigioso. De personalidad encantadora; resulta entrañable y atento.

Mariano Arroyo. Sastrería LANGA. Madrid.
El mejor sastre de camisas. Sonriente, educado y trabajador infatigable.

Cesáreo García de Loza. Sastrería GARCÍA de LOZA. La Coruña.
Experimentado profesional con gran oficio. Cercano, dispuesto y austero.

Cecilio Serna. JUBILADO. Madrid.
Fue una referencia del vestuario militar. De trato cordial y agradable.

Jose Mª Reillo. Sastrería REILLO. Madrid.
Reconocido como uno de los clásicos, representa la tradición.

Jesús Iglesias. Sastrería IGLESIAS. Orense.
A punto de jubilarse; ha tenido una trayectoria tan dilatada como desconocida.

      Otros sastres con los cuales he tomado contacto personal e intercambiado impresiones son Moises Cordova y Manuel Calvo de Mora en Madrid o Javier de Juana en Bilbao.

Sastres jóvenes (aunque sobradamente preparados).

Alberto Olego Valle. Sastrería OLEGO. Ponferrada LEÓN.
Será una de las referencias de nuestro país. Mi sastre.

Agustín García Montero. Sastrería SERNA. Madrid.
Auténtico, tradicional, intuitivo. Valiente. El sucesor, natural, de las mejores tijeras.

Joaquín Fernández Prats. Sastrería LANGA. Madrid.
Hábil, genial, listo y estupendo comercial. Me hizo el mejor traje que tengo.

Roberto Basanta. Sastrería BASANTA. La Estrada. Pontevedra.
Es el tapado de la lista. Dará grandes momentos al gremio, y me gustará verlo.

Juanjo Rig. FABULARE. La Coruña.
Sastre de El Corte Ingles durante años, acaba de montar su propia sastrería.

Daniel Schleissner. Sastrería SANCHEZ-CARO. Madrid.
De la nueva hornada, aunque con largo recorrido.

      El conocidísimo y amable Paul García de la Sastrería 91, Víctor Bautista en Albacete, Plácido Iglesias -mi paisano- de Oviedo o Juan Carlos Veiga de Santiago de Compostela son otros con los que he departido en repetidas oportunidades y completan el elenco.

      Estos jóvenes profesionales, y los que a buen seguro seguirán, se reinventan día a día -en el arte de su oficio- para mantener la supervivencia de un gremio que nunca desaparecerá. Queda en sus manos; porque la sastrería siempre estará de moda.

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado

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