Limpiabotas

“Llevar los zapatos cuidados, relucientes y con buen aspecto (…) desprende atención, detalle y dedicación. Son esas cosas que, a ciertas alturas, marcan la diferencia entre niños y hombres”; fragmento de El guardián entre el centeno de J.D. SALINGER (1951).

      Que todo progreso trae aparejado notables ventajas parece incuestionable. Pero no nos engañemos; esta prosperidad a marchas forzadas lejos de ser gratuita -como la darwinista evolución de las especies- se cobra su tributo. El principal quebranto causado es la destrucción de más empleos de los que crea, o al menos es la consecuencia súbita y más traumática amén de la degradación ambiental.

      Limpiacoches si y lavanderías también, pero limpiabotas no; marcan los tiempos. Hoy los lustradores de zapatos solo existen con carácter testimonial, y esto se debe a varios factores de entre ellos: el supuesto carácter denigrante del oficio, la escasez de clientes o la -lamentablemente- cada vez mayor ausencia del mimo por el calzado de calidad.

      La primera causa solo anida en las mentes más retrógradas. ¿Acaso un podólogo o quien ejerce la pedicura no estarían en similar situación?. Además, y como para todo hay clases, seguro que no producen idénticos sentimientos el profesional que nos atiende adornado con una corbata en el establecimiento de Church´s de las Arcadas Burlington de Londres que los boleros que desarrollan en sudaderas esta misma actividad en las avenidas de cualquier capital sudamericana.

      Considerar al limpiabotas como de la más baja escala social pone en la misma a quien así piensa.

      El resto de prejuicios, políticamente hipercorrectos, se desvanecen de igual forma si pensamos en la cantidad de personas que limosnean a diario por las calles principales de los centros urbanos. La mayoría de forma pasiva, aunque otras ofrecen chicles, caramelos de menta, pañuelos de papel o ayuden (estorbando) a aparcar el coche. Mas no hay quien ofrezca este u otros servicios a los viandantes. Dé, o no, para vivir.

      Detrás de cada limpiabotas hay un emprendedor. Un luchador. Un valiente. Javier Castaño de Málaga es un claro ejemplo. Y no es una actividad que haya que ejercer obligatoriamente en la calle, pues siempre estuvo ligada al interior de locales de hostelería y barberías.

      Todo calzado debe brillar. Tanto nuestros zapatos como nuestros dientes debe ser lustrados de manera obsesiva por todo mortal al día las veces que sean necesarias, y la primera actividad crea lazos afectivos mucho más fuertes de los que se pueda presuponer.

      Una anécdota peyorativa muy manida sobre estos trabajadores es la del multimillonario Rockefeller, quien decidió vender todas su acciones cuando su limpiabotas le comunico su intención de invertir en bolsa. En España tenemos una positiva en la figura de Alfonso González, otro betunero que llegó a ser pregonero en Santiago de Compostela, y que conoció de cerca a ilustres como Camilo José Cela.

      En todo lustrabotas existe una realidad humana; acaso un drama social o una épica escena. Quién no recuerda la memorable conversación, entre lazarilla y quijotesca, del “Búfalo” (Rafael Álvarez “El Brujo”) limpiándole las botas al maestro Juncal en la serie de 1989.

      El olor del betún, la untosa grasa de caballo, los grandes cepillos de largas crines,… lejos de provocar rechazo evocan sentimientos entrañables. De ello da cuenta magistralmente Stacey Tenenbaum, documentalista canadiense, quien rindió tributo a esta extinta profesión con la película “Shiners: The Art of the Shoe Shine” (limpiabotas el arte del brillo en los zapatos) recorriendo el planeta.

      En países como Bolivia, los limpiabotas se tapan la cara con un pasamontañas como si su profesión fuera un estigma social. Sin saber que la vida da muchas vueltas y personajes de éxito como el rey del soul James Brown, el líder político Malcom X o el expresidente de Perú Alejandro Toledo en sus peores años ejercieron su misma profesión.

      Esta actividad permanecerá en la memoria popular e incluso, fisicamente, en localidades como Haro en La Rioja con el monumento que dedicaron a su homenaje. Más el futuro parece entregado a zapateros remendones. Otro de los artesanos en peligro de extinción, pues temo que desaparezcan como lo han hecho aquellos que arreglaban electrodomésticos, hacían chapuzas caseras o ponían a punto relojes de pared.

      Todo en la vida es fascinante, dijo Alejandro Dumas, como toda labor añadimos muchos; pero hay que observarla a través de unas gafas adecuadas.

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado