La sencilla pulsera náutica presume de estilo

La sencilla pulsera náutica presume de estilo

“Para abrir nuevos caminos, hay que: inventar, experimentar, crecer, correr riesgos, romper las reglas, equivocarse… Y divertirse”; Mary Lou Cook, escritora estadounidense.

La pulsera no aporta elegancia pero si estilo, lo compartí en su día. Lo cierto es que le confiere a nuestro conjunto de una pizca de distinción, y no poca personalidad, a modo de etiqueta de calidad. Existen modelos que por su sencillez, estética y buen gusto, aportan ese toque de clase en las muñecas del hombre. Como suplemento de la principal joya: el reloj o sin él, en una combinación de varios modelos o de solo una. En este caso no recomendaría un término medio.

Seguramente sea más relevante que las pulseras personalizan, cuando les damos un sentido concreto, con cierto cariz sentimental, como el recuerdo de: un ser querido, una experiencia vivida, un lema, etcétera. En ciertos casos, por el dilatado y perenne tiempo que pueden estar con nosotros, puesto que las podríamos llevar hasta en la ducha, llegan a identificarnos más que cualquier otro artículo. Y convendremos que uno de los rasgos más decisivos para el aprecio por nuestros “objetos” es el tiempo que los utilizamos.

Pulseras sí, pero en determinadas ocasiones -no formales- y no todas, nunca completamente de metal y menos preciosos, como el oro o la plata. Otros materiales como el cabo marino o cuerda de montaña, los pequeños abalorios de piedras o sencillos motivos, así como las de tiras de cuero o hilo, son más que acertadas.

Su calidad debería ser absoluta, pura artesanía realizada a mano y a nuestra medida, una vez más “bespoke”. Siempre con las mejores materias primas; cordino de fibra sintética en nailon, poliamida o poliéster de alta resistencia, aceros inoxidables o latón envejecido, piedras naturales o de la mejor piel de cuero. Para que conservar su mejor estado, o el inicial, con el paso del tiempo.

Quiero rematar dando un matiz de historia a esta costumbre, y es que parece ser que: “En la época de nuestros más valerosos y aventureros descubridores ibéricos; Magallanes, Elcano, Colón, da Gama, de León, de la Cosa y tantos otros, las velocidades de navegación se medían por los “nudos” repartidos regularmente sobre un cabo (cuerda marinera) que pasaban en un determinado tiempo por una referencia fija. Por ejemplo, el candelero (o barandilla) mismo del barco, mientras que una punta del cabo estaba atada a la muñeca del marinero para que no se le escapase y el otro extremo de la cuerda anudada a una madera que flotaba -más o menos- fija sobre el mar, por la popa el barco. Pues resulta que en cierta ocasión “cuenta la leyenda” que cierto marino que calculaba esta velocidad, cayó por la borda y fue recuperado del mar por el resto de tripulantes gracias a que lo ataba esta cuerda a su cuerpo a través de su mano. De ahí que fuera considerada, como de buen suerte, desde entones un trozo de cabo marinero anudado a la muñeca. Cierto o no, lo cierto es que se parece bastante a la fábula de “salvados por los pelos”, de aquellos hombres de la mar que también eran rescatados cuando caían de la embarcación, porque no sabiendo nadar, se hundían dejando su cabello flotando en la superficie”.

Muchas gracias y buena suerte,