La Gran Belleza de Paolo Sorrentino

“¿Por qué no ha vuelto a escribir otro libro? Buscaba la Gran Belleza. Pero no la he encontrado”; Jep Gambardella en La Gran Belleza (2013).

      Hacía tiempo que no tocábamos el Séptimo Arte. Ahora, recién concluida la gala de entrega de los Oscar, y gracias a que Enrique T. F. (lector de este blog) me recomendó la película que titula el presente artículo lo volvemos a hacer.

      Este film, que logró el premio de la Academia en su día a la mejor película en habla no inglesa, plasma el patetismo de la jet y los poderes fácticos de la capital italiana en plena decadencia.

      Sátira descarnada de la alta sociedad romana, ciudad a la que por cierto retrata tan serenamente bella como es, donde nadie se salva de la quema. Políticos, nobleza, artistas, empresarios, intelectuales y médicos son ridiculizados. Incluida, con no poca saña, la curia vaticana.

      Toni Servillo en el papel de Jep Gambardella lo borda. Resignado a lo inevitable. Acepta su humanidad, y es muy consciente de su miseria. He ahí el origen de todo su mal. La lucidez de su mente.

      Se muestra hastiado de una sociedad a la que pertenece, y se ha beneficiado.

      Si el vestuario del influyente periodista que protagoniza la película está logrado, lo mejor son sus monólogos. Los diálogos están escritos para leer en un libro. Repetidas veces. Transcribo tres párrafos pero bien podrían ser muchos más:

“Pero yo no quería ser simplemente un hombre mundano, quería ser el rey de la mundanidad. No sólo quería participar en las fiestas, quería tener el poder de hacerlas fracasar”

“Estas son tus mentiras y tu fragilidad. Stefa, madre y mujer. Tienes 53 años y una vida devastada. Como todos nosotros. Así que en lugar de darnos clases de ética y mirarnos con antipatía, deberías mirarnos con afecto. Estamos todos bajo el umbral de la desesperación. No tenemos más remedio que mirarnos a la cara, hacernos compañía, tomarnos el pelo. ¿O no?”

“Termina siempre así, con la muerte. Pero antes hubo vida. Escondida debajo el bla, bla, bla. Y todo sedimentado bajo los murmullos y el ruido. El silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo. Los demacrados, caprichosos destellos de belleza. Y luego la desgraciada miseria y el hombre miserable. Todo sepultado bajo la cubierta de la vergüenza de estar en el mundo. Bla, bla, bla. Más allá, está el más allá. Yo no me ocupo del más allá. Por tanto, que esta novela dé comienzo. En el fondo, es sólo un truco. Sí. Es sólo un truco”.

      La Grande Bellezza oscila entre la locura y la brillantez. El despropósito, lo ridículo y la ternura. Caracterizando a cada actor en su papel de forma magistral.

      Como espectador estoy deseando que pase cada nuevo plano para que fotografíe otro rincón de la Ciudad Eterna o para disfrutar con el siguiente vestuario de los actores. Porque eso es lo que nos compete.

      El vestuario tiene un gusto exquisito en la elección de las prendas. Trajes de sastrería de sólido estilo Brioni para los caballeros cuando visten formal, y en el caso de su protagonista variados conjuntos.

      Siempre con el obligado pañuelo para el bolsillo de su chaqueta y calzando con asiduidad spectators, Gambarellla muestra al dandi maduro de Roma que es (no napolitano, y hasta ahí acierta de pleno la película).

      De aspecto colorido, pero neutralizado con mucho blanco, de Jep lo que no me gustó es que abusa del calcetín blanco; aunque parece su único pero.

      Hermosamente rara como la define el propio Enrique, resulta delirante hasta el extremo de no dejar indiferente a quien la ve. Brillante para unos, tostón para otros, de lo que no cabe duda es que resulta valiente y de buen gusto. Elegante. Hace leña del árbol caído con respeto por el perdedor, sin groserías. Una sociedad que se retroalimenta de vividores, hasta la sobredosis, dentro de una vorágine de vicio, ignorancia e inconsciencia. Lujo superfluo, insípido y banal.

      Muy buena. Recomendable.

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado

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