La elegancia. El perfume del espíritu de Miguel-Ángel Martí García.

“Me gusta echar al lago diamantes, topacios, las cosas de los hombres. A veces, mientras lloro, algún niño se acerca y me besa en las llagas, me roba el corazón”; fragmento de la obra Truenos y flautas en un templo de Antonio Colinas.

      Este libro llegó a mis manos como caído del cielo. Casi de manera literal, pues a las pocas horas de publicar el artículo del pasado jueves recibía por correo postal en forma de regalo de José Antonio -sacerdote y lector del blog– el volumen de Miguel-Ángel Martí García (1945). El ensayo que me hubiera gustado escribir a mí.

      Se trata de la mejor obra sobre nuestro tema que recuerdo haber leído hasta la fecha. De lejos. Incluido la mía, por supuesto.

      Este es el motivo de que, a pesar de no disponer aún del suficiente músculo financiero, este blog sea hoy lo que es: el lugar donde nos damos cita cada día miles de personas. Ahí es nada. Por vosotros, por vuestra generosidad y calidad. Gracias por ello.

      El ejemplar, escrito por un catedrático de filosofía valenciano, es una breve tesis sobre el valor de la elegancia. Un homenaje más bien.

      Me encantó. Además, es de esos libros donde aparte de disfrutar aprendo por tener que recurrir al diccionario de vez en cuando. Propedéutica (enseñanza preparatoria para el estudio de una materia), periclitadas (peligrar, perder intensidad) , volitivo (acto de querer hacer) u ornato (adorno) son términos que aparece entre sus páginas.

      Sin embargo no es afectado ni pedante, nada más lejos, es didáctico y sensible. Sin ser preciso no divaga ni se espesa, y resulta complicado hablar de elegancia en estos términos sin caer en la petulancia.

      Vuelve una y otra vez sobre la misma máxima. La elegancia como capacidad para escoger lo mejor desde el conocimiento. Etimológicamente del latín eligere ‘elegir’.

      He entresacado, para ponerles los dientes largos, estos dos párrafos aunque bien se podrían transcribir muchos más. El libro entero.

“La forma elegante de vestir de un intelectual tiene marcadas diferencias con las manera de vestir de un hombre de negocios, y la razón de ser de esta diferencia radica en el distinto modo de entender la vida”.

“Difícilmente sabrá escoger quien no disponga de criterios de selección de acuerdo con un canon estético preestablecidos fruto de un acerbo cultural conquistado con el paso del tiempo”.

      Les voy a dar un consejo (creo que nunca lo hice, al menos no de forma tan explicita): lean este libro, aparquen mientras toda lectura de ésta y cualquier otra página. Verán como a la vuelta entendemos todo mucho mejor.

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado
Fotografía Nacho Formoso

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