La capa española

“Lo actual es un complejo amasijo del barro de lo que fue con el fluido de lo que será”; Arturo Jauretche (1901-1974), escritor argentino.

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      Cuanta mayor probabilidad tiene de desaparecer una prenda, más sensibles nos volvemos hacia ella. Sucede cuando nos resistimos al olvido de cierto tipo de ropa, pues supondría perder una parte de nuestra historia, a pesar de no corresponderse con un uso habitual. Este es el caso de la capa española.

      Se trata de una cuestión cultural. Defender la utilización de la capa en los tiempos que vivimos resultaría osado, pero no menos que avergonzarnos de ella.

      La capa fue usada por el hombre antes que el abrigo. En los albores de la humanidad los primeros hombres ya se cubrían con pieles por encima del cuerpo. Y desde entonces no nos hemos desprendido de los diversos tipos de tejidos sobrepuestos sin mangas por encima de nuestro vestuario. Resulta impensable la forma del actual abrigo hasta bien entrados en el siglo XIX, antes todo fueron albornoces, togas, levitas, capotes o mantos.

      La capa siempre ha estado ahí. En la generosidad del legionario romano San Martín de Tours compartiendo la suya con un pobre, cuando flameaban la suya Los Tres Mosqueteros, con la ligera de seda que voló Superman o durante las rondas de los tunos en la actualidad son, solo, algunos ejemplos. Míticas y formando parte de nuestra sociedad, por eso nunca desaparecerán del todo.

      Al igual que el resto de prendas de abrigo, la capa se realiza con lana de calidad. Merina por ejemplo, y sus colores van desde el negro al verde botella pasando por el gris oscuro.

      La variedad larga se correspondió -durante el siglo XVI- con el estrato social más bajo y por la cintura solo se le permitía a la nobleza. La intermedia era para los artesanos.

      De construcción sencilla, la capa está formada por el cuello, los broches de cierre o fíbula (aguja) porque no se usan botones, la esclavina (sobre tela de los hombros), el embozo (forro interior de terciopelo -rojo- con la que se protege la cara) y el escusón (o abertura trasera cuando ésta existe).

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      En nuestra reciente historia se han utilizado para acompañar al frac en actos formales, siendo su época de mayor apogeo el siglo XIX. Curiosamente hoy solo las lucen las mujeres y en formato corto.

      Si queremos sentir una sensación similar, siempre podremos colocarnos el abrigo sin pasar los brazos por las mangas. Vestir una capa exige mucha personalidad, además de un lugar apropiado para ello.

      Entre los famosos que la han vestido se encuentran Michael Jackson, Elvis Presley o Priece Brosnan entre otros. Y de los españoles, el Rey Juan Carlos I, los tenores Plácido Domingo y Alfredo Kraus, el premio Nobel Camilo Jose Cela o el genio de Pablo Picasso fueron los más representativos.

      Como curiosidades todos conocemos el episodio histórico protagonizado por Leopoldo de Gregorio Esquilache, ministro del rey Carlos III. El cual obligó a acortarla para que no se pudieran esconder tras ellas los asaltadores, lo que trajo como consecuencia un motín -el de Esquilache– que acabo con su destierro.

      Capas Seseña las vende desde 1901, Miquel Vieira (de Beyond Fabric) la reinventó como abrigo, Paul García (de la sastrería El 91) la puso de actualidad junto a su esposa Caterina el último Pitti, Lucio Rivas la homenajeó en su club El Aristócrata, Ramón García da la campanada cada año con ella y, ahora, nosotros le brindamos el espacio que merece en ésta vuestra página.

      A buen seguro que la capa no volverá a tener el protagonismo que tuvo antaño, ni falta que hace, como tampoco se volverá ha construir una replica de la Catedral de Burgos. Sin embargo, ahí queda para el recuerdo su elegancia. Y una cosa es clara: si el bajo de un abrigo provoca un bonito vuelo al caminar, él de la capa es un espectáculo por el que se debería pagar una entrada.

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado

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