Hábitos de un hombre elegante

“Buscad leyendo y hallaréis meditando”; San Juan De La Cruz (1542-1591).

      Nada hay más fuerte que el hábito. De hecho, las dependencias se relacionan más con nuestras costumbres que con la sustancia en cuestión. Bien lo sabemos, en primera persona, aquellos que hemos dejado de fumar en alguna ocasión.

      Este razonamiento nos motiva a repasar algunos hábitos que ayudan a no perder ni un ápice de elegancia. Porque no nos engañemos, para ser diestro en cualquier materia se hace imprescindible practicar.

      Un hombre elegante dispone de un armario equilibrado. Con las prendas justas y necesarias. Nunca dispone de una abundante cantidad de piezas que no utiliza o, peor aún, cuyo dudoso gusto le podría hacer patinar usándolas. Como tampoco le faltarán las indispensables; por ejemplo una corbata negra con que acompañar a un traje gris marengo en el peor de los escenarios posibles. Esto incluye sustituir aquellas que evidencian los primeros síntomas de desgaste, porque la tentación de utilizarlas siempre acecha.

      Invierte con sentido en la calidad de sus prendas. No en firmas porque no necesita que ningún logotipo le avale. Él marca su estilo a base de esfuerzo, no tanto de dinero, porque en estrategia resulta indispensable tener la suficiente sensibilidad como para detectar una oportunidad cuando ésta se presenta.

      Cultiva su educación. Nada aporta mayor seguridad que el conocimiento de porqué se utiliza, cómo se hizo y cuál es la historia del modelo que vestimos.

      Extrema el cuidado de su higiene. Tanto en su cuerpo como en su vestuario. Si es necesario ducharse, afeitarse o cepillar la ropa más de una vez al día… pues benditas sean las causas.

      Un hombre elegante disfruta de lo que es, nunca presume de lo que tiene. Por este motivo no utiliza su imagen como arma, de combate, sino como una muestra de respeto. Hacia sí y hacia el exterior.

      Su imagen nunca pasa de moda, por que no la persigue. Su gusto obedece a un estilo personal que madura, se documenta y evoluciona pero que nunca imita. Se adapta a las circunstancias de una forma sencilla.

      El mayor capital lo destina al calzado. Conocedor de que nos asentamos sobre el pilar fundamental del vestuario, le dedica especial atención a sus joyas para los pies.

      Sabe vestir tanto un traje de sastrería como unos vaqueros. Un bespoke es difícil que le siente mal a nadie, pero saber vestir unos tejanos con mocasines de antifaz o una camisa con una blazer no está al alcance de todo el mundo. ¿A que no?

      Cree en lo que hace. Al ser sus pensamientos consecuentes con sus acciones resultan creíbles. Nunca, y entrecomillo, chirría aquello que es auténtico.

      El principal hábito a mi modo de ver es que los modales y forma de proceder se corresponden con su imagen. Están acordes. Decía la escritora argentina Silvia Ocampo que “Todo disfraz repugna al que lo lleva” y doy fe de que mis mayores decepciones las he sentido al ver a “supuestos elegantes” con comportamientos groseros durante una comida o retratándose por sus faltas de respeto hacía el prójimo.

      A una persona elegante no se la ve, se la siente.

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado

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