Experiencia con el afeitado -más o menos tradicional- a navaja

afeitado-navaja-00“Desconfía del médico joven y del barbero viejo”, Benjamin Franklin.

Contados son los espacios públicos donde los hombres nos encontramos casi tan a gusto como en nuestra propia casa. Algunos de esos lugares bien podrían ser, según los gustos particulares: nuestra sastrería, el club deportivo o -seguramente- la barbería de confianza.

Y es que el género masculino, aunque nunca nos acostumbraremos a comentar cuestiones reservadas con nadie que no sea muy íntimo, sí lo hacemos con nuestro barbero y/o peluquero de toda la vida al que -en ocasiones- confesamos algunos de nuestros sentimientos. Seguramente porque lo favorece el clima de confianza que estimula este contacto tan cercano.

Para el afeitado vimos en su momento que la hora más indicada es al levantarnos, porque nuestros músculos faciales se encuentran más relajados y menos estresados o tensos. Además, la posterior ducha ayuda a la hidratación de toda nuestra piel.
No obstante, la experiencia de este relato fue vespertina por cuestión del lugar de mi consulta de imagen en NIUNO.

Las fases fueron:

  1. Preparación y reblandecimiento de mi incipiente barba con una toalla empapada en agua caliente. Sobre toda la zona de mi cara a afeitar, Adrian Ures, cubrió con ésta durante tres o cuatro minutos para el mejor afeitado. Facilitando además que el poro se abra, y mis músculos faciales se relajen.
  2. Lo tradicional hubiera sido que una brocha de pelo animal (tejón en el mejor de los casos) o nailon en lo más usual, impregnada en jabón de afeitar produjera la suficiente espuma -sobre un cuenco- para aplicar sobre mi cara. Esto facilitaría que el vello se siguiera reblandeciendo y se erizara levemente.
    Pero en vez de esto, Adrián aplicó directamente sobre mi cara el gel de precisión transparente de la firma American Crew.
    Éste serviría a la vez para preparar mi cara y como sustitutivo de la espuma de afeitar. Muy útil, y práctico, cuando se trata de perfilar las patillas o el bigote.
    Cosas veredes, amigo Sancho” recita El Quijote de la Mancha, y el campo de la cosmética para el hombre es uno de los sectores con más proyección de crecimiento de consumo masculino. Mi experiencia, positiva. Sin embargo, me quedo -a nivel particular y con el tiempo suficiente- con la jabonosa brocha de toda la vida.
  3. Durante el rasurado, las normas que todos conocemos. De arriba hacia abajo en el sentido del crecimiento del cabello, tensando con la mano que no sujeta la navaja la piel a afeitar, apurando cada recoveco del semblante para que no quede ningún pelo por apurar,…. Esto es tan rutinario para cualquier barbero que su destreza es similar a la nuestra con una maquinilla desechable.
  4. Una vez rematada la fase de afeitado, el barbero Adrián, me retira el exceso del (especial) ungüento para el afeitado y me limpia de nuevo la cara con una toalla. Esta vez con agua del tiempo, ligeramente fría. Lo que ayuda a cerrar los poros.
  5. Tras esto, una aplicación de reparadora e hidratante loción after shave. Que con un masaje y suaves golpecitos con las yemas de sus dedos me reactiva la circulación sanguínea y favorece la recuperación dérmica.

Por supuesto, no hizo falta recurrir a la piedra de alumbre o el sulfato de aluminio para cerrar ningún leve corte, ni afilar la navaja o suavizar su corte con una correa de caucho porque estas –en los espacios públicos- siempre son desechables. El resultado fue correcto.

Solo un “pero”, y es que si somos de los que nos gusta llevar el apurado a sus últimas consecuencias para que nuestra cara presente una tersura similar a la de la piel de un bebé, se me antoja siempre necesaria una última pasada a contrapelo u otra segunda.

Muchas gracias y buena suerte,
Fotografía: © Ramón Lamoso.