¿Es elegante no pasar inadvertido?

“Necesaria es la experiencia para saber cualquier cosa”; Séneca.

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      No existe mayor superficialidad que la de tratar parecer elegante. Peor aún si se intenta valiéndose, solo, del vestuario. La mera idea de pretenderlo lo descarta, porque un ser elegante no lo pretende. Ni siquiera lo desea. Alguien elegante lo es.

      La elegancia es una actitud, no una imagen. Una forma de vivir y sentir constante, no una pose momentánea. Resulta inherente a la persona, aunque se cultiva y trabaja.

      Jose Antonio, un lector, nos envió un comentario solicitando nuestra opinión a este respecto. En el mismo citaba a la Reina Doña Sofia -ejemplo donde los haya de comportamiento- cuando opinó que para ella la elegancia era: “cuando una persona se ausenta y nadie recordaba como iba vestida”.

      Esta valoración, se complementa con aquella que se atribuye a Brummell de: “si la gente se da la vuelta al verte pasar es que vas mal vestido”; aunque en su día ya defendimos que hoy resulta complicado pasar inadvertido por el contexto en el que nos encontramos.

      Lo cierto es que nuestras prendas no pueden despistarnos, ni fomentar inseguridades. Tienen que contribuir a realzar nuestras fortalezas y disimular las carencias que a todos nos hacen humanos. Circunstancias que se consiguen de manera natural si nuestras prendas las elegimos con libertad y dentro del entorno y situación en el que nos encontramos.

      La ropa que vestimos tiene que ser cómoda. No impropia. Cuanto más tiempo haya sido utilizada y permanecido con nosotros mucho mejor. No hay cosa menos elegante que parecer demasiado rígido, encorsetado o artificial.

      De todas las maneras, la elegancia tiene más que ver con la palabra amable, el gesto sincero, el esfuerzo, aplaudir en publico y corregir de forma constructiva en privado, acercarse al dolor con respeto, la tranquilidad del deber cumplido, etc. que con saber combinar una chaqueta con un pantalón o el pañuelo con la corbata.

      Como todo lo que merece la pena en la vida; destilar elegancia… lleva su tiempo. Y no nos queda otra que documentarnos y practicar siguiendo el infalible método del ensayo-error. Que es en realidad como aprendemos todas las cosas.

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado

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