“Descifrando Enigma” como ejemplo de un vestuario atemporal

“A veces la persona a la que nadie imagina capaz de nada, es la que hace cosas que nadie imagina”; Alan Turing, genio matemático inglés.the-imitation-game-descifrando-enigma-alan-turing-00

The Imitation Game es una película especial. Lo es tanto por su reparto como por su guion, y seguramente también lo sea debido a otros apartados –como la fotografía- que los expertos en el séptimo arte se encargan de justificar. Para muchos de nosotros, además, será recordada por su vestuario.

Los trajes, las camisas y las chaquetas que visten los actores durante este largometraje son magistralmente clásicos. Sencillos y de manual. Estas prendas se corresponden con los años de transcurso de la Segunda Guerra Mundial en la que está ambientada gran parte de esta película, que va camino de hacerse con un buen ramillete de premios este año. Sin embargo, con ligeros matices, bien pudieran ser la ropa para cualquier otro momento encuadrado en el presente siglo o el pasado.

Fue durante el primer tercio del siglo XX cuando se marcó un hito en la forma de vestir de los caballeros. Más acusado en la aristocracia, donde incluso el uso diario del frac cedió protagonismo al esmoquin, pero afectó a todos los estratos sociales por igual. Los trajes se irían relevando paulatinamente por vestuarios más casuals.

El vestuario masculino de esta producción cinematográfica justifica al modelo intemporal como la única opción capaz de perdurar. El resto han sido “modas pasajeras” con una caducidad más o menos longeva, incapaces de mejorar a la tendencia clásica lo suficiente como para sustituirla.

En este film se hace un uso muy contenido del vestidor. Contrariamente a como ocurre en otras películas recientes y destacadas por su vestuario para hombre (American Psycho, Proposición Indecente o Margin Call) en las cuales sus protagonistas hacen un gran alarde por el variado repertorio de sus trajes. No en vano se corresponde con unos años de severa recesión económica motivados por la guerra. Sammy Sheldon Differ, su responsable, tiene mayor mérito por dicho motivo.

En el cartel promocional y durante gran parte de la película The Imitation Game, como se titula originalmente la obra, su protagonista Alan Turing (interpretado por Benedict Cumberbatch) luce un atuendo fantástico compuesto por: la tradicional chaqueta de tweed Donegal en tono gris medio, una camisa de estampado muy rayado (véase la similitud en la foto con un modelo muy actual) y una corbata en Príncipes de Gales de color rojo. Sensacional combinación.the-imitation-game-descifrando-enigma-alan-turing-02

Cuando lo varía solo lo hace “aligerando” estos dibujos con algunas mínimas variaciones. Sus tonos grises de tweed se vuelven más oscuros, las rayas de sus camisas menos concentradas y alterna los distintos complementos: tirantes, corbatas o chalecos de punto. Para vestir sus pies no se descalza los Oxford negros lisos ni cuando de niño estudia en el colegio.

El delegado del gobierno Stewart Menzies, interpretado por Mark Strong, no aparece de otra manera en la gran pantalla que con sus sensacionales trajes cruzados de raya diplomática en azul marino. Con su nuclear pañuelo asomando por el bolsillo, no me cabe la menor duda que es el mejor vestido. El corte de sus chaquetas es memorable.

La indumentaria del comandante de la marina y director de la división de cifrado de los servicios de inteligencia británicos Alistair Denninston, así como la del altanero, Hugh Alexander, líder del equipo de criptógrafos desbancado por el actor principal, están vestidos muy acordes a su papel. Con el uniforme tradicional de la armada el primero, y con los clásicos trajes de tres piezas de perfecta hechura al más puro estilo de Savile Row el civil. Ambos son más que dignos.the-imitation-game-descifrando-enigma-alan-turing-03

En definitiva, lo que fue elegante en el pasado (alrededor de 1935) lo es hoy todavía. Perfectamente. Lo contrario se antoja imposible. Algunos apostamos a que además lo será dentro de otras muchas décadas.

Siempre serán precisas correcciones mínimas propias de cada momento, como el afilado de las solapas, la mejora de las telas, mayores entallados, colores más nítidos, etc. Sin embargo la reflexión que me asalta es: Si Turing en esos tiempos sienta las bases de los primeros ordenadores que hoy somos capaces de ridiculizar con el móvil más básico ¿Cómo es que no hemos sido capaces de mejorar de igual manera nuestro vestuario?

Muchas gracias y buena suerte,