Cualquier tiempo pasado… no volverá

“Estoy bastante asqueado de la suposición moderna de que, para todos los acontecimientos, nosotros, el pueblo, nunca somos los responsables: siempre son nuestros gobernantes, nuestros antepasados, nuestra educación o cualquier otro que no sea -precisamente- nosotros mismos”; C.S. Lewis (1898-1963), crítico literario.

      Todos lo hemos vivido. Ha sido en cosa de diez quince años. Quizá algunos más por la coincidencia con el cambio de milenio o por la estupefacción que causaron sobre nuestras consciencias los atentados del 11-S en La Gran Manzana. El sentido de la elegancia en la población, como se había entendido, ha desaparecido para nunca más volver.

      Preparamos comida rápida, escribimos en un espacio de 140 caracteres y la mayoría de la gente viste cómodas sudaderas y snackers; en vez de utilizar la cazuela de barro a fuego lento, escribir sobre un tarjetón con pluma y elegir una bonita chaqueta para acompañar a unos zapatos de piel. Se impone el sentido práctico, de modo contrario los tiempos nos llevarán por delante -o apartarán- y éste es el precio del progreso.

      Hoy el éxito lo representan Mark Zuckerberg o Steve Jobs. Ambos con una imagen publica a base de camisetas y zapatillas de deporte para acompañar a sus vaqueros. Solo los reaccionarios visten corbatas, y personas admirables como José Mujica, presidente de Uruguay, declara que: “La corbata es un trapo inútil que te ata el pescuezo”.

      Lucir este complemento no resulta más elegante que dedicar un amable buenos días, ambas forman parte de un mismo sentimiento. Son maneras, y por lo tanto -ambas- importantes porque demuestran valores y educación.

      Pedir las cosas por favor o acudir a una cita con la mejor imagen son meros formalismos, si. Pero que logran diferentes respuestas en nuestro interlocutor y el entorno.

      La estética en la sociedad ha cambiado. La computadora IBM de los años 70 no tiene que ver con el Mac actual. Nuestra imagen, también, ha cambiado. Y mucho. Antes teníamos una vida publica y otra privada, ahora tenemos una vida privada que hacemos pública. Aún así muchos seguimos defendiendo que existen ocasiones especiales, como acudir a la oficina o la entrevista con los profesores de nuestros hijos en el colegio, por no hablar ya de una Primera Comunión, a las que deberíamos acudir de manera cuidada como una forma más de respeto.

      La relajación de los viernes casual ha sido un sumidero por que se nos ha colado todo el criterio, lento pero inexorable, de nuestra formalidad.

      El genial G. Bruce Boyer cuenta con no poca sátira en un recomendable artículo que acaba de publicar:

La ropa siempre ha proporcionado la indicación más obvia tanto de dignidad como de definición. No cabía ninguna duda en la mente de nadie cuando Luis XIV entraba en la habitación que era el rey. Sus pieles de armiño y telas de oro lo hacían fácil de distinguir. Pero hoy vemos a un hombre caminando en el centro de Manhattan usando un par de pantalones vaqueros, camisa y chaqueta tejanas, sombrero de vaquero y botas altas y nadie tiene ni idea de quien puede ser. Puede ser, por supuesto, un vaquero, ¿pero en la calle 34? Todo sobre lo que nos informa es que quiere ser un vaquero. Al menos por ahora.

      La buena noticia es que siguiendo la -universal e incuestionable- Tercera Ley de Newton: toda acción tiene su réplica inversa de igual intensidad. Por lo que también concederemos una mayor valoración hacia los que se cuiden.

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado

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