Consejos para cultivar una, completa, imagen elegante

“Pesa las opiniones, no las cuentes”; Seneca.

      Competir en elegancia carece de sentido. Nada más debería motivarnos que mejorar nuestra propia imagen personal, puesto que mostrarse elegante solo es posible con la naturalidad que emana de la voluntad individual.

      Si la última prenda que adquirimos es más acertada que las que ya teníamos, indicará que nos encontramos en el camino correcto.

      Que nuestro vestuario esté siempre en perfecto estado es fundamental. Planchado y limpio. Si nos tenemos que subir nuestros calcetines a cada paso que damos, éstos no permiten que caiga el bajo del pantalón de forma natural o nuestra esposa nos advierte que la chaqueta que usamos está demasiado rozada para sacarla a la calle; no denotaremos ápice de elegancia.

      Al menor síntoma de que nuestra ropa esté desgastada, llevarla a la beneficencia más cercana es un acto elegante.

      Caminar recto, con la barbilla alta que no altiva, resulta una postura elegante. Mostrarse encogido, mirando al suelo con los hombros hacia adelante nunca resultó decoroso; y sin apostura hasta un soberbio Cartier tank basculante parecerá una baratija en nuestra muñeca.

      Vivir cada momento presente como si fuera nuestra ocasión más especial va a proporcionarnos una estética elegante. Todo instante resulta vital para mostrar nuestra mejor presencia sin bajar la guardia. Ya que si al visitar la casa de nuestro amigo de la infancia calzamos unos mocasines horsebit con el bocado roto, aunque reservemos los mejor Oxford plain para el día de su boda, delataremos una absoluta incongruencia.

      La elegancia es una forma de proceder no una acción puntual.

      Acudir a un experto para que nos eche una mano es una buena idea. ¿Por qué no? Si cuando aparece una caries vamos al dentista y para mejorar nuestro tono físico nos ejercitamos en el gimnasio. ¿Por qué no confiamos en un experto en imagen esta disciplina?.

      Solo reconociendo la propia figura corporal, aceptándola con cristiana resignación, podremos disimular sus defectos y potenciar las mejores características. Si no somos conscientes de esos gramos de más que se acumulan en nuestra barriga y tratamos de entrar en una chaqueta demasiado estrecha, conseguimos el efecto contrario. Los exageraremos. Por el contrario si aceptamos, por ejemplo, que disponemos de un rostro algo ancho nos podremos valer de un suéter con cuello en forma de pico para afilarlo en detrimento del redondo.

      Ser metódicos y estrictos en los comienzos, será una garantía para que surja la naturalidad en un futuro. Así, si no te permites salir a la calle hasta que anudes un lazo perfecto a la corbata, antes pronto que tarde saldrás con él perfecto sin apenas esfuerzo. Lo mismo sucede con el lustrado del calzado y tantos otros detalles.

      La elegancia es integral. Su secreto es hacer las cosas adecuadas, grandes o pequeñas, una tras otra. Unas tras otras.

      La elegancia se ve, pero también se percibe a través de otros sentidos como el olfato y el oído. Así que cuidemos tanto el perfume que nos aplicamos, como nuestro tono de voz. Hasta el sentido del tacto de nuestras manos cuando damos un apretón con ellas resulta fundamental. Transmitir una sensación pegajosa o húmeda es del todo bochornoso.

      Decía Santa Teresa de Jesús: “Que lo exterior ayude a lo interior”. Pues seguramente una imagen cuidada ayudará a que aflore una mejor personalidad. Más sensible.

      Que nuestros gestos sean el traje más acertado, nuestra amabilidad el mejor calzado y el sentimiento de respeto verdadero nuestro complemento fetiche.

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado

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