Cómo vestirse para viajar

“Viajar te abre la mente como pocas otras cosas”; Libba Bray, novelista estadounidense.

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      Viajar es vivir. Cuando viajamos, nuestro vestuario -junto con unas amables maneras- representa la mejor tarjeta de presentación posible durante todo el trayecto. Antes incluso que mostrar nuestro pasaporte o cualquier otro documento, la ropa que vestimos se convierte en el único dato sobre el que informamos acerca de nuestra personalidad.

      Salvo encantos individuales, la ropa y los complementos son instrumentos con los que granjearnos la confianza de desconocidos. Circunstancia que durante los viajes resulta una constante.

      La imagen, ya lo adelantaba Oscar Wilde, no da segundas oportunidades para una primera grata impresión. Luego a la pregunta: ¿cómo vestir para ir de viaje? La respuesta es clara: lo mejor posible. Como siempre.

      Con un traje y corbata por supuesto si el viaje es de trabajo o negocios. Incluso si es por ocio, y se excluyen lugares de veraneo con niños pequeños, un conjunto de chaqueta pantalón sería el mínimo preceptivo. En ningún caso los pantalones cortos, las camisetas o las chanclas son bienvenidas.

      El personal de las aerolíneas, las fuerzas del orden que controlan las aduanas, los dependientes de la franquicia de los coches de alquiler, en la recepción del hotel… todos estos profesionales dispensan un trato deferente al cliente. Sin embargo, me atrevo a asegurar que la delicadeza o sensibilidad que logra una corbata bien anudada no la consigue ninguna camiseta con tirantes. Aunque sea la de Michael Jordan.

      Felizmente quedaron atrás los tiempos en los que viajar en avión estaba reservado a una minoría favorecida. Lamentablemente también lo hicieron aquellos en que las formas decorosas de vestir eran la pauta habitual. Los aeropuertos, la mayoría de las estaciones de trenes y algunas de autobuses, son lugares de moderna elegancia, muy cuidados, y resulta un placer estar a la altura de estos espacios aunque no seamos habituales de las salas VIP.

      Viajemos en turista o en primera clase, no resulta más cómodo ir en bermudas y chancletas que con un aseado conjunto. Mucho menos para los que el azar coloca en el asiento contiguo.

      Como apunte; el aeropuerto, y algunas estaciones, por la altura de sus techos y la claridad de los ventanales son de los pocos lugares cerrados donde el sombrero (o las gafas de sol) puede ser utilizado sobre la cabeza.

      Durante mis viajes por trabajo internacionales de estos últimos años (Italia, Chile o Portugal) no he dudado ni un solo instante en hacerlo vestido con un traje. También en los realizados por territorio español, o en tren o autobús. Y confieso que sí he notado esa cierta deferencia… y de ser mucho menos sospechoso en los controles aduaneros.

      No se puede ir en contra de los tiempos, ni ser la reserva ideológica más tradicional, como tampoco dejarse avasallar por la dejadez imperante. La elegancia no requiere dinero, sino conocimiento. Buen viaje a todos.

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado

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