Cesareo García de Loza, sastre.

“Cuanta más luz haya en nosotros, más brillante será el mundo en que vivimos”; Shakti Gawain, experta estadounidense en crecimiento personal.

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      Lo genuino ilustra. Si al terminar el bachiller nos planteáramos ser “artesanos” y aprender un oficio tradicional como zapatero, marroquinero, orfebre o sastre seguro que nos aconsejan: “primero completa tus estudios y luego haz lo que quieras”. Formarse resulta fundamental, pero aún lo será más qué terminamos sabiendo hacer y la manera en la que lo realizamos.

      Cesareo Garcia de Loza ya ha cumplido sus bodas de oro en el oficio de sastre. Se inicio como aprendiz, a los 14 años, en algunas de las múltiples sastrerías (Rilo, Espada, etc.) que poblaban la calle Real de La Coruña en los años sesenta. Y como los mejores profesionales coció su maestría al calor del fuego lento en la labor diaria a la vera de maestros.

      Cuando tuvo la lección bien aprendida, y aprovechando su momento (año 1980), montó su propio negocio. “Entonces había trabajo y uno podía hacer frente a un préstamo”, me ha comentado en varias oportunidades. En estos comienzos le ayudo un tal Amancio Ortega con una generosidad (sin avales ni intereses) que ya apuntaba el olfato del empresario en que se ha convertido.

      A Cesareo le he visitado cada miércoles durante buena parte de la primera mitad del presente año. Ya que desde que falleció D. Jaime Gallo no había tenido la oportunidad de disfrutar del conocimiento de un maestro de referencia con el que documentarme en los tejemanejes de la sastrería “in situ”.

      De él he aprendido conceptos que no se pueden adquirir hasta que no se entra en los fogones de la cocina. La trastienda de un taller de sastrería. Le he visto montar una manga o el cuello en una chaqueta, planchar una solapa sobre “el burro o guitarro” (realce almohadillado), volver los cantos, ampliar las mangas a la levita del frac de un músico para facilitarle la tarea de tocar su instrumento o alinear los cuadros en las costuras salvo cuando una pinza de ajuste lo impide entre otras múltiples operaciones que recuerdo.

      Me permitió conocer en detalle el oficio del día a día de un profesional de los de toda la vida.

      Utiliza “el zupo” (atado con trozos de tela) para humedecer la prenda con agua antes de plancharla, porque aunque se intentó modernizar con máquinas como la de picar solapas pronto decidió donarla al MUNCIT ya que no mejoraba su método. El tradicional; a mano. El arte en el oficio es esto: años de experiencia donde adquirir una maña que no es capaz de mejorar ni siquiera la tecnología.

      El mayor defecto que tiene Cesareo, para mí, es su local. Presenta el caos de un desván abandonado. El desorden propio del genio con la atmósfera de una labor constante. Mal menor, aunque no baladí, porque si su imagen exterior estuviera al nivel de su obra, su sastrería sería otra referencia internacional.

      Convencido estoy de ello. Al Edward Sexton del Savile Row de Londres o a Antonio Liverano de la Via dei Fossi en Florencia solo le separan de Cesareo Gª de Loza en la Avenida de Arteixo de La Coruña su visibilidad. La forma. En el fondo, es decir la calidad sartorial de sus prendas, no se tienen nada que envidiar.

      La ropa que sale de la sastrería Gª de Loza se puede equiparar con el embutido obtenido en las matanzas caseras, las hortalizas de la huerta doméstica o con el caldo de verduras del puchero de barro. El sabor que tiene lo auténtico.

      Las chaquetas de García de Loza destacan por la costura delantera del hombro, a la altura del pecho. Si en Gallo era la caída de su manga, en García de Loza su firma es como las cose al delantero. El producto de ambos cotizará como las obras de arte. Al alza. Más cuanto más tiempo pase, puesto que escasearán. Hoy el lujo es el arte exclusivo.

      El carácter de Cesareo es el propio de los hombre de su trayectoria. Prudente, reservado, seguro de si mismo, austero, cauto, afable, acogedor… y como ya ha dejado atrás la edad en la que podría jubilarse, bien se le puede aplicar aquello de “sabe más el sabio, por viejo que por sabio”.

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado
Fotografía Jose M. Salgado

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