Campo de Gibraltar, Cádiz. España.

“La experiencia de viajar, leer y escribir se fundió en una sola”; Sergio Pitol, escritor mexicano.

      Viajar, al igual que leer, es vivir por partida doble. Ambas actividades cuentan además con la ventaja de que al compartir las experiencias después, se reviven los sentimientos un numero ilimitado de veces.

      Si el año pasado descansé -mi semana sabática anual- en la isla canaria generada por las erupciones del Teide, en esta ocasión fue en torno a otro picacho. El del Peñón de Gibraltar de soberanía británica.

      Gracias a que elegí como lectura, para estos siete días, la novela Patria de Fernando Aramburu (el Miguel Delibes vasco). Muy recomendable, por cierto. Visité con diferente perspectiva la colonia inglesa -en terreno ibero- a la que llevaba preconcebida en la partida.

      Gibraltar resulta un decorado al aire libre de la forma de vida inglesa dentro de nuestra península, quizá, algo adulterada. Allí sobreviven los típicos buzones, cabinas y autobuses british. Todos ellos muy rojos y tradicionales. Y cañones -muchos cañones- con numerosos monumentos a militares entre los que destaca el dedicado a Nelson.

      También hay monos, un aeropuerto que irrumpe la bienvenida nada más cruzar el control aduanero y al pie del faldón (con exuberante vegetación tropical) de la famosa montaña discurre una larga calle, Main Street, con mucho -y caro- shopping.

      Conviene ver el Cementerio de Trafalgar, la Torre del Homenaje, la Taberna de Nelson, la Capilla Real o la Residencia del Gobernador (The Convent Place). De todos modos hay mucho que ver en poco tiempo.

      Si no fuera por la cuestión logística, la afrenta histórica y el recordatorio constante de pérdida; estaría encantado de tener este stand -permanente- en terreno patrio. A modo de expositor en una Exposición universal del Reino Unido.

      El Peñón se erige visible desde parte del espacio ocupado por los siete municipios pertenecientes a la comarca del Campo de Gibraltar. Me gustó de manera especial la perspectiva desde la playa de la Alcaidesa o desde “abajo”. En La Linea de la Concepción.

      San Roque es una población con encanto. Típica localidad andaluza para los que visitamos la comunidad de manera regular pero no la conocemos como si fuera propia. Su plaza de toros inaugurada en 1835, y el casco histórico -que disponía de música en vivo a cargo de un pianista desde su balcón cuando circulé por ella- son sus reclamos.

      Me aloje en San Roque, urbanización, a unos 5 kilómetros del pueblo. Y conocí por casualidad que en sus instalaciones se disputó en 1997 la Ryder Cup y que ocupaba una habitación vecina a la de los míticos golfistas. Sorpresa y buena experiencia en el The San Roque Club – New Course.

      Los vecinos del puerto náutico de Sotogrande disponen de acceso a los pantalones desde la propia vivienda a modo de garaje particular. Un bulevar, un extenso campo de golf anexo y una zona residencial enorme completan el famoso y lujoso lugar.

      Con todo, lo que más me gustó fue su playa anexa de Torreguadiaro. Una maravilla para los amantes de los baños de sol sobre la arena y nadar en el mar.

      Visita obligada dentro de esta mancomunidad del sur de Cadiz es la ciudad de Tarifa. Bulliciosa y surfera, paseé con gusto su mercadillo y callejuelas.

      De camino de vuelta por la N-340 y a 300 metros de altura sobre el nivel del mar se encuentra el Puerto del Bujeo. Con el Mirador del Estrecho o Cerro de Tambor desde el que se vislumbra la costa africana separada apenas 15 km. es un punto de parada obligada.

      En todo viaje, siempre quedan lugares por visitar y unas estampas que nos evocan más que otras. Tener un álbum de fotos sirve de soporte para revivirlo… y compartirlo.

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado
Fotografía Covadonga Pou

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