Artesanal, medida industrial o colgado de una percha

“El verdadero precio de todo es el esfuerzo y la complicación para adquirirlo”; Adam Smith (1723-1790), economista escocés.

      El roce hace al cariño. Y viceversa, la lejanía desemboca en el olvido. Por este motivo procuro no dejar pasar demasiados meses sin visitar el local de mi entrañable Cesáreo Gª de Loza. Aunque siempre llamo antes, pues aparte de ser educado me asalta la duda que uno de los últimos maestros (decano) españoles se haya jubilado sin avisarme. 

      Afortunadamente aún hoy se encontraba en su garita de apenas una docena de metros cuadrados ejerciendo un oficio en vías de extinción. El suyo. El de sastre. El de elaborar prendas a la manera tradicional; utilizando la aguja para coser y unas tijeras para cortar el tejido donde previamente plasmó las medidas tomadas -con el característico metro de plástico amarillo- sobre el cuerpo de su cliente en particular.

      La ropa no sale de este local hasta que está totalmente rematada. Nada se subcontrata. Al menos dos pruebas intermedias son imprescindibles para su elaboración y el producto resultante es único e irrepetible.

      El bespoke es arte, artesano, una disciplina solo ejercida por artistas o jornaleros con dilatada experiencia. Donde solo intervienen manos experimentadas (las del sastre y los oficiales que le ayudan en las labores de costura), y este perfil profesional escasea y mucho. Como lo haría el de los albañiles si no fuera por la poderosa demanda en la construcción.

      El sastre que quiera perdurar se tendrá que adaptar a los tiempos y cumplir con las expectativas de la sociedad. En estilo, en gusto, y en las maneras de promocionar y elaborar su producto.

      Apenas quedan una veintena de profesionales en nuestro país capaces de realizar esta profesión con la suficiente destreza. Que se pueda defender esta actividad, económicamente, es harina de otro costal.

      Sucumbe la figura tradicional del sastre por tres motivos fundamentales: la falta de relevo generacional, una selección natural debida a la libre economía de mercado y el menosprecio social a la cultura en cualquiera de sus manifestaciones. Que falta paladar, vamos. En quien promociona, y en la demanda.

      Cierran las cafeterías con mayor solera y aumentan los Starbucks, va con los tiempos.

      Por otro lado, se aprecia lo que se entiende y cala aquello que se experimenta. Y a estas alturas de vida, ya todos deberíamos tener meridianamente claro cada una de las formas que hay de elaborar la ropa que nos vestimos, con sus grados y sus características… ¿o no?

      Siempre existirá la sastrería más pura de manera testimonial, confío, al menos como vestigio de un tiempo glorioso que ya se fue para nunca más volver. Mas la necesidad de evolución en este secular sector resulta incuestionable.

      La medida, confeccionada en una fábrica previa toma de medidas sobre el cuerpo del cliente por un dependiente especializado en esta disciplina (que en muchas ocasiones se realiza con un patrón por testigo, conocido como made-to-measure en países de habla sajona MTM) es una alternativa real. Aunque no podemos obviar que la forma en la que encontramos las prendas, con las que nos vestimos en el 99,99 % de la oportunidades, en nuestras tiendas son las listas para vestir (ready to wear, RTW).

      Pero no nos engañemos, incluso estas últimas agradecen un retoque manual para que se adapte a nuestra fisionomía y no siempre será fácil encontrar esta mano de obra. Labores que ejecuta una costurera como ajustar el bajo de un pantalón, corregir la altura de una manga o estrechar los costados, por ejemplo, son siempre bien recibidas.

      Falta de sensibilidad al margen; la realidad del bespoke es que tiene un elevado coste de inversión para el cliente, que éste -soberano- cada vez dispone de menos tiempo y paciencia para las pruebas, y que el diseño desesactualizado de muchos profesionales no contribuye a revertir la tendencia.

      Luego, en el bespoke tampoco siempre salen las cosas perfectas. De hombres es errar. Ese pantalón que aprieta en el muslo o no desliza natural por los gemelos, esa chaqueta que se atasca en un antebrazo o el hombro que queda atrasado y hace necesario descoser toda la corona echando por tierra unos ajustados beneficios que mortifican a quien los ejecuta.

      El futuro que presiento está en la medida industrializada. De calidad. Con estilo atractivo, y actualizada de manera constante con la facilidad que confiere la tecnologia de una réplica más o menos seriada en mesas cortadoras que pudieran tener algún detalle de acabado a mano como el bordado de un ojal o el remate de ciertas costuras. El tiempo de espera en este caso rara vez bajará de las seis semanas, aunque resulta un producto aceptable a un precio inferior al bespoke en el mejor escenario.

      Solo sobrevivirán los sastres que mejoren con arte a este modelo. Consciente de que no está al alcance de todos los bolsillos, ni mucho menos, amantes del mejor vestir. Porque el nivel adquisitivo no siempre llega para pagar por encima de 1.500 €uros que factura como mínimo un traje bespoke.

      En cuanto a las prendas ya finalizadas. Colgadas en la percha. Cada vez hay mejores patronistas, y nuestra fisonomía es más equilibrada, sobre todo la de aquellos que cuidan su imagen. También hay una mayor relación de tallas adaptadas quedando lejos la S, M, L y XL y ampliando fácilmente a 10 números en la mayoría de la oferta.

      Un sastre con décadas de experiencia seguramente te vista mejor que un vendedor que toma medidas sobre una plantilla que pasará a su central para que fabriquen la ropa (o en ocasiones a otro país). Fábricas que por cierto confeccionan para un número variado y/o de grandes de firmas, con diferentes calidades. No siendo tampoco inaudito que algún sastre novel se apoye en dichas industrias.

      Muchos sastres no tienen conocimientos de moda así como las peores fábricas ignoran la profesión del sastre. He ahí el verdadero problema. En el equilibrio. Y así, mientras franquicias de prestigiosas firmas visten a afamados personajes, los artesanos más capaces van desapareciendo sin dejar legado por propia o ajena responsabilidad.

      Luego pasa lo que pasa y vemos en las revistas del corazón (y la tele) cada adefesio que un verdadero profesional vestiría como a un pincel. Pero hay que “llegar” al cliente.

      Personalmente, me sigue encantando recibir lecciones magistrales de Cesáreo en su garita destartalada en el extraradio de La Coruña -como antes las obtuve de D. Jaime Gallo en el centro de la capital de España- entre rollos de telas amontonados, repleta de mugre, historia, desorden e hilos caídos por todos lados de la que salen primorosos conjuntos tan sobradas de calidad como carentes de un estilo que logre convencer al lego. Cuanto lo echaré de menos cuando cierre…

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado
Nota. Les ruego, evitar adjetivos comparativos mejor, peor… no merece la pena. Son conceptos subjetivos, particulares. Aprendamos, conozcamos y disfrutemos, dejémonos enseñar, preguntemos, investiguemos,… para que nadie nos engañe y decidamos con la libertad que otorga el conocimiento.