Árbitros de elegancia

“Porque es una lástima muy grande no decir nunca lo que uno siente…”; Virginia Woolf (1882-1941), escritora inglesa.

      No conviene idealizar a ningún mortal. Dios solo hay uno, y el resto somos -todos- seres imperfectos con diferentes medidas.

      De la personalidad de dos de los máximos exponentes de la moda masculina del siglo pasado lo más amable que se puede decir es que fueron unos crápulas. El Duque de Windsor (1894-1972) y Gianni Agnelli (1921-2003); tal para cual.

      Iconos elegantes y famosos ambos, ya desde la cuna, representan al bon vivant (vividor) de su tiempo. Con estilos antagónicos, el ingles y el italiano coinciden en que representan las dos tendencias predominantes del panorama internacional masculino: el gentleman británico y al dandi transalpino.

      Su admirada imagen triunfó a base de transgresiones con un espíritu canalla. Nada es tan atractivo como el éxito. Sobre todo si éste resulta aparente y superficial.

      Del anglosajón documenta John Boyne en su novela El niño en la cima de la montaña (2016) que mantuvo devaneos con la figura de Adolf Hitler. Aunque parece ser que fue su esposa Wally Simpson, la responsable de que abdicara como rey, principal interesada en permanecer dentro del círculo del criminal alemán. De hecho está demostrado que la yanqui había mantenido una relación sentimental con el embajador nazi en Londres, Von Ribbentrop.

      Ningún dictador pierde el tiempo recibiendo a quien no presiente de su ralea, y mucho menos le abre el salón de su lugar de descanso. Discurría el año 1937 cuando el Führer invitó al matrimonio aristócrata a visitarle en su residencia Berghof de los Alpes Bávaros (Alemania).

      David, como era conocido en el ambiente familiar el fugaz Eduardo VIII, incluso calificó al genocida teutón de gran hombre.

      A Eduardo Alberto le debemos la manera actual en que vestimos el smoking de la manera más clásica, y acertada, la revolución del casual utilizando tejidos tweed y jerseys Fair Isle, la etiqueta de nuestros zapatos (Oxfords, Brogues y de ante con traje) o la forma de llevar los pantalones con vuelta y raya. Sin embargo, en su interior no destacan muchas otras virtudes que no fueran la de fumador empedernido, comunicador trivial o convencido antiliberal.

      Sobre el rey italiano, tampoco recaen menores sospechas. A diferencia del primero tuvo oficio y lo desarrollo con idéntica destreza que dedicaba a las mujeres.

      Criticado por su fobia hacia los libros en su entorno más cercano, fue reconocida de forma pública su figura de padre ausente por su hija Margherita y sufrió el suicidio de su hijo Edoardo al que no prestaba la menor atención. También frecuentó amistades tan poco edificantes como el libio Gadafi.

      Nos regaló algunas excentricidades como el reloj por encima del puño de su camisa, sobresalir el extremo delgado de la corbata debajo del delantero o utilizar botas de montaña con un traje. No obstante, y en honor a la verdad, alguna extravagancia como la última fueron más fruto del azar pues parece que se vio obligado a utilizar este calzado por una lesión en el tobillo.

      La osadía de estos dos iconos de la moda del hombre para saltarse las reglas imperantes en el protocolo de la vestimenta del hombre, aunado a la notoriedad publica y relevancia mediática, les encumbró. Dicho sea como acto de justicia.

      No están exentos sus estilismos de la valentía y el mérito que supone arriesgar a la vista del numeroso público que tenia sus miradas puestas en ellos. Lo compensarían con su mayúsculo egocentrismo y un carácter díscolo que les convirtió en leyenda.

      Para no dejarnos manipular por una historia idealizada, nada como combatir la idolatría por medio de la cultura. Medio insobornable para discernir lo bueno de lo que simplemente es facha.

      Muchas gracias y buena suerte,

David García Bragado